Estás escuchando una canción que hace tiempo no ponías. Al principio seguís con lo que estabas haciendo, hasta que llega una parte que te encanta. Empezás a mover un pie, después los hombros. Te quedás un rato escuchándola y, cuando termina, la volvés a poner.
En ese momento reconociste algo de tu experiencia: las ganas de moverte, el disfrute, el deseo de quedarte ahí un poco más. Y le diste lugar.
Escuchar el cuerpo puede empezar así. También puede aparecer cuando descubrís cuánto necesitabas comer, cuando cambiás de posición después de un rato frente a la computadora o cuando notás cómo te sentís al reencontrarte con alguien querido.
La expresión se usa mucho, pero a veces queda tan amplia que cuesta saber qué hacer con ella. ¿Hay que detenerse a sentir todo? ¿Cómo reconocer lo que necesitás? ¿Y qué pasa si aparecen sensaciones que no entendés?
Quiero acercarte una manera de explorar esta escucha, con ejemplos y prácticas que puedas llevar a tu vida. En mi propuesta, volver al cuerpo es una forma de conocerte más profundamente y de participar con mayor conciencia en lo que elegís.
Qué significa escuchar el cuerpo
Escuchar el cuerpo es prestar atención a cómo estás viviendo una experiencia: las sensaciones que percibís, tu postura, la respiración, el movimiento y las ganas de acercarte, quedarte o cambiar algo. A partir de ahí, podés explorar qué relación tiene eso con lo que está pasando y con lo que necesitás o deseás.
Pensá en una conversación en la que te sentís cómoda. Te reís, te acomodás en la silla, aparecen ganas de preguntar y de compartir algo tuyo. Al prestar atención, empezás a reconocer cómo vivís ese encuentro y qué disfrutás de estar con esa persona.
También podés descubrir algo al aprender una actividad nueva. Mientras aprendés algo distinto a lo habitual, quizá notás que levantás los hombros y contenés la respiración cada vez que intentás hacerlo bien. Al detenerte en eso, podés preguntarte qué está pasando: ¿estás concentrada, te preocupa equivocarte, querés seguir el ritmo de las demás? La tensión es algo que percibís; explorar el momento en el que aparece te ayuda a comprender cómo estás viviendo esa experiencia.
Cómo percibimos lo que pasa en el cuerpo
La interocepción nos permite percibir señales internas, como el hambre, la sed, los latidos o la respiración. Muchas de esas señales se procesan sin que lo advirtamos; otras se vuelven parte de nuestra experiencia consciente.
La propiocepción nos informa sobre la posición y el movimiento del cuerpo. Gracias a ella podés reconocer dónde está tu mano aunque no la estés mirando y percibir cómo cambia la posición de tus brazos al moverte.
La exterocepción nos permite percibir lo que sucede alrededor a través de los sentidos: escuchar una voz, ver la luz que entra por una ventana, sentir una textura sobre la piel o reconocer un aroma.
Estas formas de percepción se integran en lo que vivís. Durante una caminata, por ejemplo, podés sentir tu respiración, percibir el movimiento de las piernas y escuchar los sonidos del lugar. Cuando hablo de escucha corporal, incluyo esa experiencia del cuerpo en relación con el entorno.
Sensaciones, emociones y necesidades
Una sensación es algo que percibís en el cuerpo: calor en la cara, presión en el pecho, tensión en la mandíbula o movimiento en el estómago. Describirla te permite reconocer cómo se siente una experiencia, aunque todavía no sepas qué significa para vos.
Una emoción incluye esas sensaciones, pero también cómo vivís lo que está pasando. El miedo, por ejemplo, puede aparecer cuando algo te preocupa o lo percibís como amenazante; la alegría, cuando algo te resulta valioso o agradable. Cada emoción puede sentirse de distintas maneras, y una misma sensación puede formar parte de emociones diferentes.
Una necesidad tiene que ver con lo que hace falta atender o cuidar en esa situación. Podés necesitar alimento, descanso, cercanía, autonomía o claridad. Para reconocerla, importa explorar tanto lo que sentís como las condiciones en las que estás.
Imaginá que vas a una actividad que te interesa y no conocés a nadie. Sentís movimiento en el estómago y las manos húmedas: esas son las sensaciones. Al explorar el momento, reconocés entusiasmo por participar y miedo a quedar afuera: esas son las emociones. También descubrís cuánto te importa sentirte bienvenida y encontrar conexión: ahí empezás a reconocer una necesidad.
Acercarte a alguien o pedir que te presenten al grupo podrían ser maneras de atenderla. La necesidad es la conexión; esas acciones son distintas posibilidades para buscarla.
Distinguir estos aspectos te permite profundizar en tu experiencia: qué percibís en el cuerpo, cómo estás viviendo lo que sucede y qué necesita atención. Podés ir comprendiendo esa relación sin tener que encontrar una respuesta inmediata para todo.
Escucharte también es reconocer lo que disfrutás
Es fácil acordarse del cuerpo cuando algo duele o cuando llegás al final del día agotada. Sin embargo, también hay experiencias que vale la pena reconocer mientras están ocurriendo: una comida que disfrutás, las ganas de bailar o la comodidad de compartir un silencio con alguien.
Podés descubrir que una actividad te interesa más de lo que imaginabas. Que disfrutás trabajar con las manos. Que te gusta caminar acompañada. Que una conversación te deja con ganas de seguir pensando y aprendiendo.
Prestar atención a esas experiencias te ofrece una manera de conocer tus preferencias. Quizá empezás a elegir con más intención cómo pasar una tarde libre o te das cuenta de que querés retomar algo que habías dejado de hacer.
En lugar de dar por sentado que ya sabés qué te gusta, podés volver a preguntártelo desde lo que vivís hoy. Tus intereses también cambian, y conocerlos requiere darles alguna oportunidad de aparecer.
Cinco prácticas para empezar a escuchar el cuerpo
Podés elegir una sola y dedicarle uno o dos minutos. Buscá una posición cómoda y mantené los ojos abiertos si lo preferís. En las propuestas con movimiento, elegí un recorrido fácil; si aparece dolor, mareo o malestar, detenete.
Empezar por un contacto sencillo
Sentate y mirá el lugar donde estás. Elegí un contacto que puedas percibir con facilidad: una mano sobre la mesa, la espalda en el respaldo o los pies apoyados.
Dedicale unos momentos. Fijate si reconocés temperatura, presión, textura o peso. Podés describirlo con una palabra, sin buscar una sensación particular.
Después cambiá algo pequeño, como la posición de la mano o el apoyo de la espalda. Observá si el contacto se siente distinto y elegí cómo querés acomodarte.
Al terminar, volvé a mirar el espacio. Esta práctica te permite empezar por una experiencia concreta y probar cómo una pequeña elección modifica la manera de estar.
Distinguir lo que sentís de lo que pensás sobre eso
Elegí una experiencia reciente que puedas recordar sin sentirte sobrepasada. Puede ser una visita, una clase o un momento en el que compartiste una idea.
Escribí primero lo que recordás haber percibido: «Me transpiraban las manos», «Sonreía», «Tenía ganas de moverme». Si no recordás sensaciones, podés anotarlo y usar una situación más cercana.
Después escribí qué pensabas y qué estaba pasando. Por ejemplo: «Quería que se entendiera mi idea y era la primera vez que la contaba». Mirá las frases juntas y preguntate qué información te aporta cada una.
Podés terminar con una pregunta: ¿qué me hubiera ayudado a vivir ese momento de una manera más cercana a lo que quería? Quizá preparar una frase, tener más tiempo o simplemente reconocer que algo te importaba.
Quedarte un momento con algo que disfrutás
Elegí una experiencia cotidiana que ya te resulte agradable: escuchar una canción, tomar una bebida o sentir el sol sobre la piel en un lugar cómodo.
Durante un momento, prestale atención. ¿Qué disfrutás de ella? Puede ser un sabor, una temperatura, el ritmo de la música o el hecho de tener tiempo para estar ahí.
Si te distraés, podés volver a ese detalle. Después preguntate si te gustaría hacerle más lugar en tus días y cómo podrías empezar.
Por ejemplo, dejar una canción para escucharla completa al terminar de trabajar puede ser una forma sencilla de recuperar algo que te gusta. La propuesta es reconocer el disfrute mientras ocurre y elegir qué lugar querés darle.
Explorar un cambio de ritmo
En un espacio despejado, caminá unos pasos a tu ritmo habitual. Después probá ir un poco más despacio, de una manera que te resulte cómoda.
Prestá atención a lo que cambia: el apoyo, el esfuerzo o lo que llegás a percibir del entorno. Volvé al primer ritmo y compará ambas experiencias.
Elegí el que preferís para ese momento. Puede gustarte un paso ágil o uno más lento; lo interesante es descubrir cómo lo vivís.
Darle lugar a una preferencia pequeña
Elegí una decisión cotidiana con opciones que realmente estén disponibles: dónde sentarte para leer, qué música escuchar o qué recorrido hacer en una caminata.
Probá una opción y prestá atención a cómo la vivís. Después, si tiene sentido, comparala con otra. Tal vez junto a la ventana disfrutás la luz, pero en otro lugar te resulta más fácil concentrarte.
Elegí considerando lo que sentís y lo que querés hacer. Podés preferir algo diferente según el momento o la actividad.
Al terminar, fijate si esa comparación te ayudó a reconocer una preferencia. Es una manera de practicar decisiones cercanas a tu experiencia, con tiempo para probar y ajustar.
Qué lugar tiene esta escucha en el coaching somático
En Cuerpo Vivo acompaño a mujeres a relacionarse de una manera más consciente con lo que sienten, necesitan y desean, para ampliar sus posibilidades de elección y llevar lo que descubren a la vida cotidiana.
Ese es el sentido general de mi propuesta. Puede tomar forma en un propósito personal, como habitar una nueva etapa con más presencia, recuperar espacio para lo que te importa o desarrollar una relación más cercana con vos misma.
Lo que aparece en una sesión es más concreto. Si tu propósito es vivir con más presencia, quizá ese día traés una experiencia en la que te costó disfrutar de un encuentro. Si estás atravesando una transición, podés traer algo que pasó al empezar una actividad o al acercarte a un vínculo nuevo.
Te acompaño a explorar esa experiencia con conversación y prácticas corporales, según lo que sea pertinente para vos. Podemos prestar atención a sensaciones, postura, movimiento o respiración, y ensayar alguna posibilidad que quieras llevar a tu vida.
Preguntas frecuentes
Cómo sé si estoy escuchando el cuerpo
Podés empezar por reconocer algo de tu experiencia que antes no estabas registrando: cómo te apoyás, qué sentís al moverte o qué disfrutás de una actividad. Después, mirar si esa información te ayuda a comprender cómo estás y a elegir cómo seguir.
Tengo que estar tranquila para hacerlo
Podés escuchar tu experiencia en distintos momentos, también cuando estás entusiasmada o en movimiento. Para empezar, suele ser más accesible elegir una situación cotidiana que puedas explorar con comodidad. Desde ahí podés ir encontrando recursos propios.
Si siento nervios significa que algo no es para mí
El nerviosismo puede acompañar experiencias distintas. Importa mirar qué está pasando, qué te atrae o preocupa y qué condiciones necesitás para decidir. Podés darte tiempo, reunir información y conversar con alguien antes de elegir.
Puedo empezar aunque me cueste nombrar lo que siento
Claro que sí. Podés acercarte desde contactos sencillos, movimiento o conversación. En mis sesiones te acompaño a encontrar una manera de explorar que te resulte accesible; podés traer esa dificultad tal como la vivís.
Puedo sumar coaching somático si ya hago terapia
Sí, pueden complementarse. El coaching somático puede sumar un espacio para explorar un propósito personal y practicar cómo llevar lo que descubrís a situaciones de tu vida. Si ya hacés terapia, podemos conversar sobre qué querés trabajar conmigo y cómo integrar este acompañamiento a tu proceso.
Un primer encuentro para empezar a escucharte
Puede que al leer hayas reconocido algo que querés explorar: cómo estás viviendo una nueva etapa, qué lugar tienen tus deseos o qué te pasa cuando intentás acercarte a algo que te importa.
Para empezar con una situación concreta, te recomiendo Brújula Corporal, mi sesión individual de coaching somático. Es un encuentro de aproximadamente 75 minutos para detenerte, explorar lo que estás atravesando y abrir nuevas formas de responder.
Te acompaño con conversación y una exploración somática personalizada. Cuando corresponde, también podés llevarte una práctica de integración para continuar en tu día a día. Puede ser una experiencia en sí misma o un primer acercamiento al trabajo conmigo.